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jueves, 26 de junio de 2008

La homosexualidad en la Roma Clásica

Noticia tomada de granadadigital, en su edición de 30-04-04.
Un romano identificaba su poder con su potencia viril demostrada no sólo con las mujeres, sino también con los esclavos varones propios --nunca ajenos-- y con los prostitutos, según se desprende del estudio que sobre “Los homosexuales en el mundo antiguo” ha elaborado el profesor de la Universidad de Granada Francisco Salvador Ventura. El trabajo se incluye en el libro: “En Grecia y Roma: las gentes y sus cosas”, con edición de los profesores Andrés Pociña y Jesús María García, que ha sido editado conjuntamente por la Universidad de Granada y la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Aunque durante mucho tiempo se ha afirmado que la homosexualidad llegó a Roma a partir del contacto con los griegos, lejos de ser así se puede documentar desde fechas bastante tempranas la práctica de relaciones homoeróticas en la Roma republicana, en las que la virilidad se identificaba indefectiblemente con la actividad, según Francisco Salvador Ventura, profesor de Historia Antigua en la Universidad de Granada, quien ha publicado un estudio con el título “Los homosexuales en el mundo antiguo”, en el libro “En Grecia y Roma: las gentes y sus cosas”, editado conjuntamente por la Universidad de Granada y la Sociedad Española de Estudios Clásicos, y en el que participan varios profesores y especialistas en el mundo clásico. Afirma el profesor Francisco Salvador Ventura, y cita estudios anteriores de Salles y Vayoneke, que “un romano identificaba su poder con su potencia viril demostrada no sólo con las mujeres, sino también con los esclavos varones propios --nunca ajenos-- y con los prostitutos. Incluso se entendía que su expresión máxima se manifestaba en el sometimiento de varones, de individuos de su propio sexo.” Para el investigador de la Universidad de Granada este hecho se puede constatar con claridad, en realidad, en varias de las comedias de Plauto o también en la rotunda afirmación de Séneca: inpudicitia in ingenuo crimen est, in servo necessitas, in liberto ifficium (la pasividad sexual para un hombre libre es un crimen, para el esclavo una necesidad, para un liberto un deber). La ilicitud de las relaciones homosexuales se presenta, sin embargo, cuando el sometido es un ciudadano romano. Según el profesor Francisco Salvador Ventura, también a los adolescentes se les consideraba como ciudadanos en potencia, “pero en Roma, a diferencia de lo que ocurría en el mundo griego, el énfasis se situaba en su carácter de futuros ciudadanos y no en el estado imperfecto, incompleto, transitorio, similar al de las mujeres”. Por tanto, para los romanos, durante la mayor parte del periodo republicano no se consideraba lícito tener relaciones con un joven ciudadano romano, aunque aún no hubiera alcanzado la plenitud de sus derechos. Incluso estaba perseguido con sanciones legales. El lesbianismo, por el contrario, era considerado por los romanos como una aberración. En este sentido, dice Francisco Salvador Ventura, “fueron herederos directos de la tradición clásica griega, en la que la mujer que no era modelo de virtudes era una criatura desenfrenada, lujuriosa, incontrolable. No se tiene, por desgracia, a diferencia de Grecia, ningún testimonio procedente de una fuente femenina. La visión masculina es unánime al respecto, aunque el tema se mencione en escasas ocasiones, en condenar las prácticas homosexuales femeninas.” Pero no siempre hubo permisividad con la práctica homosexual en el mundo antiguo. De hecho, durante los últimos siglos del imperio se asiste a un proceso de creciente hostilidad hacia las prácticas homosexuales masculinas, como ya lo había habido contra la homosexualidad femenina. Asegura el profesor Francisco Salvador Ventura que “muy acertadamente ya lo explicó P. Veyne como un proceso de transformación de una bisexualidad de estupro a una heterosexualidad de reproducción. Así, el rechazo creciente se manifestó en primer lugar en la legislación imperial hacia la prostitución masculina, rechazo que se fue extendiendo progresivamente al resto de las parcelas homosexuales. La dureza de las penas fue in crescendo, pasando por la castración de travestidos e individuos pasivos, hasta llegar a la pena capital en los últimos tiempos.”

Artes amatorias. Las relaciones íntimas desde la Prehistoria al Siglo XXI

El sexo conjugado en pasado Noticia tomada de El País.com.co, en su edición de 16-02-04.
A medida que el hombre abandonó su estado libre y salvaje, la cultura y la civilización se encargaron de moldearle la existencia al imperio de los sentidos. En Roma, por ejemplo, donde fueron comunes las orgías, el bisexualismo y los abortos, el emperador Octavio decretó la pena de muerte para los adúlteros. Por culpa de las pasiones la humanidad siempre ha perdido la cabeza. Y aunque el sexo no necesariamente va de la mano con el amor, parece ser el más grande de los afrodisíacos de la historia. El mundo ha terminado por sucumbir ante el ardiente objeto del deseo, desde los tiempos más remotos. Desde los prehistóricos y rústicos cavernícolas, cuando según las leyendas los hombres cazaban a sus mujeres en los bosques y las arrastraban del pelo para domesticarlas como animales y poseerlas en las cuevas, pasando por la idílica época en la que ellas eran las únicas con derecho a la promiscuidad, la aparición de la píldora hasta llegar a los swingers o sofisticados intercambios de parejas. Otra cosa es que la moral, la religión, los gobiernos y las costumbres hayan impuesto toda clase de censuras, fronteras estrafalarias, controles inhumanos, condenas sin un mínimo de piedad. Sin embargo, y a pesar de las sanciones contra los apetitos del bajo vientre, la carne se las ha ingeniado para consumar el clímax prohibido, el acto irresistible, el contacto aplazado. Claro que a medida que el hombre y su costilla abandonaban su estado libre y salvaje, la cultura y la civilización se encargaron de moldearles la existencia al imperio de los sentidos. La mujer pasó a ser propiedad masculina para perpetuar la especie o en su defecto propiedad pública para distraer a los insatisfechos. En la Antigua Grecia, por ejemplo, las mujeres hacían de su capa un sayo y hasta ejercían cierta ascendencia sobre los hombres, aunque debían conservar las virtudes domésticas y no negarse a la procreación. Más adelante y durante la Grecia Clásica, las prostitutas de alcurnia conquistaron una posición superior a la de las mujeres casadas porque tenían la noble tarea de distraer a cientos de hombres que procuraban el amor y la fidelidad en las casas, pero que simultáneamente buscaban sacudirse del enamoramiento, fenómeno que consideraban una enfermedad. Otra época que ponderó más el sexo que el amor fue el correspondiente al Imperio Romano. Muy comunes fueron las casas de lenocinio a las que acudían desde las esposas de los emperadores para abajo, al igual que corrientes fueron las prácticas abortivas, los anticonceptivos y los bebés no deseados eran arrojados a la basura. Alarmado por el exacerbado panorama, el emperador Octavio se propuso recuperar la moral pública y retener el sexo dentro de las cuatro paredes del hogar. Incluso decretó la pena de muerte para el adulterio. Obviamente, fracasó en su ambicioso conservadurismo. Más acorde con los tiempos fue el poeta Ovidio, quien escribió un detallado y divertido manual para el sexo y la infidelidad. Para entonces, ya se discutía sobre diversas posiciones sexuales con el fin de mantener el orgasmo, sin importar con quién ni en dónde. Irrumpe el cristianismo. Pero las famosas orgías romanas, el bisexualismo y el sexo clandestino sufrieron un fuerte retroceso. Con la irrupción del cristianismo en Roma el placer genital fue señalado como fuente de culpabilidad y pecado. Algunos romanos cristianizados se quemaban los dedos para resistir las tentaciones por la cama ajena. Y como de lo que se trataba era de desalentar las canas al aire, promover la virtud, es decir, la virginidad y asegurar el vínculo matrimonial, San Agustín, padre de la Iglesia, le infundió asco a la cosa al advertir que todos “habíamos nacido entre excrementos y orines” y por consiguiente era preferible provenir de mujer no corrupta por la lujuria y el sexo. Con el matrimonio bajo el régimen del clero, el cristianismo calificó el sexo como un acto abominable, al tiempo que convertía a las mujeres en sinónimos de propiedad, en un mueble más. Y mientras la Iglesia justificaba las golpizas a las casadas, porque ellas siempre se lo buscaban, se hacía la desentendida frente al derecho natural de los nobles de desflorar a cuanta doncella se les cruzara por el camino. Los religiosos continuaron con la persecución al sexo monógamo. Entonces a San Jerónimo se le ocurrió que el hombre debería practicar sólo una posición, la obvia, con el objeto de abastecer a la Iglesia de guerreros para defender la expansión de la Cruz. Sin embargo, en plena Edad Media, hubo un reino: el de Aquitania, al sur de Francia, que produjo una corriente revolucionaria y que basaba el sexo y el amor en el respeto y la admiración mutua. Introdujo además, el cortejo a través del lirismo trovadoresco. Al mismo tiempo, cierto sector de la nobleza gala, al negar el amor en el matrimonio, valoraba como emocionante el dolor y la frustración en el cortejo. Pero con la literatura erótica de un Boccaccio, autor del ‘Decamerón’ o de un Pietro Aretino con sus ‘Sonetos lujuriosos’ y más tarde con los desnudos del Renacimiento, con las musas, las madonas y los desnudos de Botticelli, Rafael y Miguel Ángel, el Vaticano y sus medidas de higiene reguladoras de la intimidad se vieron en aprietos. Aun cuando las clases medias y populares unificaron el sexo con el amor, el matrimonio siguió siendo motivo de transacción económica. Hicieron carrera los amores platónicos, los incestos, las orgías, y lugares para efectuar intercambios de pareja. La Iglesia entonces, trata de meter en cintura a las mujeres que huyen del matrimonio, advirtiéndoles que todo lo que encuentren fuera de él era comercio con el diablo, que tenía “un pene tremendo cubierto de escamaso”. Muchas, entonces, se dieron a la tarea de toparse con Luzbel. Cuestionan la virginidad. A la vuelta del Siglo XVIII los anglicanos puritanos destacaron el sexo como un extraordinario instrumento para mantener la llama del matrimonio. Al igual que no tomaban en serio, como sí lo hacían los católicos, la virtud de la virginidad. Lo que atormentaba a la sociedad puritana era la existencia de ‘la otra’ y del ‘tinieblo’: los escándalos eran célebres, las rupturas ocasionaban vergüenza y se extendían largas propinas por el silencio del tercero en discordia. Ya en pleno Siglo XVIII, los modales seductores, el flirteo y el rechazo al compromiso son las conductas que los Donjuanes y Casanovas que se olvidan del amor, que a su juicio mata el sexo, para disfrutar del cuerpo y sus recónditos júbilos. Bajo la férrea vigilancia moral en la época de la reina Victoria de Inglaterra, a la mujer se le encarcela a punta de corsés y encajes y se le prohíbe sentir placer durante el coito. En contrapartida, la proliferación de la pornografía y de la prostitución hacen de Londres uno de los lupanares más memorables y sifilíticos de la historia. La antipática doble conducta victoriana cede ante los nuevos aires de la Revolución Industrial, edad que engancha a la mujer al mercado laboral, le confiere el derecho al voto, instituye el divorcio y le da vía libre a las uniones civiles. Se acaba el pecado y el goce genital es parte del trabajo, de la amistad, del encuentro furtivo. De esa nueva actitud fue emblema la famosa bailarina Isadora Duncan, quien soportó críticas por su adhesión al amor libre y por ser madre soltera. Mucho más feliz hubiera sido a mediados del Siglo XX, cuando el matrimonio entró en crisis y dejó de ser para toda la vida, hizo carrera el amor libre, cuando el éxito de toda relación reposaba en el orgasmo, cuando los hijos no fueron imprescindibles, el aborto se tornó una opción masiva, la píldora liberó a la mujer y la virginidad se volvió un juego de azar. En los albores del XXI, son ellas las que dicen cómo, a qué hora y dónde lo quieren. Los solteros y divorciados son mayoría en el mundo e internet se configura como el más grande rompe relaciones, porque además de aislar, excita las fantasías individuales. Todo es relativo, no hay prohibiciones y vuelve a estar de moda el amistoso y muy peligroso intercambio de parejas. Curiosidades - Santo Tomás dijo que besar y tocar a las mujeres era pecado mortal. - La Iglesia sostuvo que las mujeres atractivas eran malas exorcistas. - Los trovadores enaltecían al que controlaba sus deseos sexuales, pero les rogaban a sus damas que los colmaran en la cama. - Fue Martín Lutero, el religioso reformador alemán, quien afirmó que Cristo había cometido adulterio con María Magdalena y otras mujeres para conocer la naturaleza humana.

Casi todas las grandes figuras de la Grecia antigua eran bisexuales.

Blázquez: «Casi todas las grandes figuras de la Grecia antigua eran bisexuales»

Noticia tomada de La Nueva España, en edición de 06-05-04.

Para José María Blázquez, académico de Historia y doctor en Filología Clásica, las relaciones humanas no han variado demasiado a lo largo de la historia. Ayer este asturiano afincado en Madrid ofreció en el Ateneo Jovellanos una conferencia en la que analizó las relaciones de pareja en el mundo antiguo y actual. Blázquez explicó que tanto en Grecia y Roma como en los primeros cristianos la relación oficial entre hombres y mujeres era la monogamia, salvo honrosas excepciones: «Los griegos eran monógamos en teoría, pero en la práctica tenían tres mujeres. La esposa, sólo para tener hijos y heredar bienes y derechos de ciudadanos, las "hetairas", lo que ahora se conoce como una "amiguita", que no vivían en la casa pero con la que mantenían relaciones sexuales y que cobraban sueldos pavorosos, y las concubinas, que ayudaban en casa y también servían para hacer el amor». Y todo estaba bien visto por una sociedad en la que el divorcio era un derecho establecido y la prostitución un fructífero negocio.

El filólogo asturiano aseguró que «casi todas las grandes figuras el mundo griego eran bisexuales, Píndaro, Sócrates, Aristóteles, pero Platón era homosexual, no concebía nada que no fuera el amor a los efebos». En lo que se refiere a las interpretaciones sexuales sobre el mundo antiguo, Blázquez destacó las más importantes: «Para el cristianismo la homosexualidad era una aberración y hay dos teorías modernas, la de los genes, que sostiene que se nace así, y la de la bisexualidad natural, por la que las personas se inclinan a un lado u otro según su educación», indicó.