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jueves, 2 de octubre de 2008

Selene y Endimión


Selene, la luna divinizada, fue desde los más remotos tiempos inspiradora de pasiones y se vio siempre muy solicitada. Todo su drama de amor es, pues, comprensible. Si la fealdad es la mejor defensa de la virtud, Selene se encuentra desprovista del todo de esta defensa tan útil. Fue bella desde el principio, lo sigue siendo y sigue inspirando a los poetas y enamorando a los hombres.


Selene es hija de Hiperión y de su hermana Eurifaesia. Algunas versiones de la leyenda le atribuyen otra madre. Pero, en todo caso, es hermana del sol y de Eos, la aurora. Todos los mitos de esta diosa son historias de amor, y esto parece lo propio de una diosa que sólo sale de noche a lucir su hermosura. Entre sus muchos amantes están Zeus, el padre de los dioses, y Pan, el dios de la naturaleza. Pero el héroe de la más bonita leyenda de amor de Selene es Endimión, también de origen divino y nieto de Zeus. Cuando Selene le conoce, él se dedica al pastoreo, pero antes había sido rey de Elida. Le destronaron, se refugió en el monte Larmos y se dedicó a apacentar sus vacas y a estudiar los astros.


Su leyenda de amor con Selene tiene varias versiones, todas poéticas. Según la versión más primitiva y a la vez más simple, Endimión, llegada la noche, cansado de sus tareas del día, se dormía profundamente dentro de la cueva que le servía de morada. Pero, si el tiempo era bueno, se tumbaba a dormir al aire libre, junto a la puerta de la cueva, desnudo. En este detalle de su desnudez al aire libre coinciden todas las versiones.


Una noche Selene le descubre, le ama y se tiende a dormir junto a él. Desde entonces le visita todas las noches, le encuentra siempre dormido, y se acuesta junto a él sin despertarle. Así, dormido él y ella despierta, se aman. Y cuando una noche Endimión despierta en pleno amor y se entera de que es el amante de una diosa, ya es padre de cincuenta hijas y de un hijo.

En otra versión, la que se suele citar como mito de Endimión, el primer enamorado es él, quien todas las noches, para distraer su soledad, contempla a Selene y su corazón se nutre de esta muda contemplación amorosa. Hasta que una noche Selene, que no sabe nada del gran amor que ha inspirado, baja a la tierra, le ve dormido y desnudo y le ama.


Pasan mucho tiempo así. Despierto, es él el enamorado de la diosa imposible. Dormido, él se convierte, sin saberlo, en el objeto de amor de la misma diosa. Él no sabe que ella le visita cuando está dormido, y ella no sabe que él la ama cuando está despierto. Ella nunca se atreve a despertarle porque tiene miedo de estropear una situación tan romántica. Y así tienen las cincuenta hijas.


Pero un día él se despierta, de pronto, por un querer de los dioses. Ve a su amada allí y es feliz con ella. Él confiesa su amor, que dura desde hace tanto tiempo, y ella también. Esta escena de la mutua confesión, sobre todo después de las cincuenta hijas, aunque no figura dialogada en ninguna de las leyendas, podría ser una pura delicia.


Pero entonces el que tiene miedo es Endimión. Ha pasado tanto tiempo que ya empieza a envejecer, y pide a Selene que use de su poder divino y le conserve siempre joven. Selene pide ayuda a Zeus, y éste decide que Endimión no sufra el paso del tiempo, pero sólo mientras esté dormido. Es decir, que sólo envejecerá, en adelante, los ratos que esté despierto.


Endimión hace prometer a Selene que estará siempre con él mientras él duerma. Así él no envejece y siempre que se despierta se despierta feliz. Pero entonces, cuando está despierto, ella no está. Así él vuelve a dormir en seguida para tenerla junto a sí, y así no envejece.


Ninguna de las versiones de la leyenda explica el final de Endimión. El de Selene no lo pueden explicar porque no ha tenido final. Sigue en el cielo, enamorando a los hombres y recibiendo el homenaje y las canciones de los poetas. Apenas existe un poeta que no la haya mencionado alguna vez, como símbolo de la meta ideal e inefable de su corazón enamorado de algo que está más allá del alcance de los hombres.

miércoles, 23 de abril de 2008

Hades y Perséfone


En el Hades sólo viven sombras, sombras sedientas de la luz, que envidian la precaria vida de los de fuera, sombras que deambulan despojadas de cuanto fueron, privadas incluso de su identidad cuando beben las aguas del Leteo. Entre las tinieblas sólo dos cuerpos pueden palparse, pueden verse y reconocerse, pueden nombrarse y evocar el mundo tangible. Como dioses que son, no conocen la muerte, aunque reinen implacablemente sobre los mortales. Si, los dioses del Averno conservan sus sentidos, pero deben ocultarse para no atraerse la envidia de los que nada tienen. Por eso cada primavera Perséfone y Hades en su carro de lóbregos caballos regresan bajo el sol. A su paso la tierra se transforma: renace el bosque, fluyen los arroyos, porque ambos recuperan el mundo que una vez perdieron, Hades en un sorteo y Perséfone con un bocado.
Cuenta el mito que Hades enloquecía en la soledad de sus tinieblas y Zeus, tal vez por mala conciencia, se apiadó del hermano al que había tocado en suerte el reino lúgubre y le permitió salir. Bajo las ruedas de su carro la tierra se estremecía y el día se acortaba, pero guiado por el sol, Hades llegó a un prado y encontró a la Muchacha de mejillas espléndidas, que reía ajena al silencio opresivo de la muerte. No lo pensó dos veces, y cogiéndola por la cintura la llevó a su palacio. Ella gritaba pidiendo ayuda a su madre la diosa y a Zeus, mientras marchaba al reino del que nadie vuelve.
Las lágrimas de la Niña le partían a Hades el corazón. Él se había prendado de su risa, y encontraba ahora las mejillas adorables ajadas y pálidas por la tristeza. Pasaba un día y otro y su raptada novia ni dormía ni quería comer. Hades intentaba consolarla, distraerla, pero ni los juegos del perro de tres cabezas ni la barca de Caronte servían para tal fin. Hasta que llegó una granada a la mesa del dios. Éste al abrirla comparó cada brillante grano con las lágrimas que ella derramara por el rostro lleno de nostalgia. Se lo acercó y le dijo que la dejaría volver si al menos tomaba uno de esos frutos, que enjuagaría con besos sus tristeza, que por saberla feliz era capaz de soportar su ausencia. Y Perséfone enmudeció y miró el rostro de Hades, mientras que él, borracho de deseo, le hubiera prometido cualquier cosa con tal de volver a verla sonreír. Y distraidamente, mientras Perséfone callaba por primera vez, le llevó el diminuto manjar a los labios, rozándolos con delicadeza y ella, que había crecido viendo fructificar la tierra, recibió en esa gota púrpura el olor de la tierra fértil, el sabor del agua fresca y sonrió ausente, mientras Hades le prestaba el hombro y la tomaba entre sus brazos.Y Perséfone, aunque diosa, comprendió resignada que para que hubiera vida, debía haber también muerte, pero tambien renacer, y aceptó que esa era su misión.

jueves, 17 de abril de 2008

Eco y Narciso






...Eco merece una digresión. Su alegría y parlachinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar. Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero.. ¿Cómo podrá si las palabras le faltan? Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta de por dónde pueden caminar sus acompañantes y grita: "¿Quién está aquí?" Eco repite las últimas palabras "... está aquí". Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿por qué me huyes?" Eco repite: "... me huyes". Y Narciso: "¡juntémonos!" Y Eco: "...juntémonos". Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío: " No pensarás que yo te amo..." Y Eco repite, acongojada: "...yo te amo". "¡Permitan los dioses soberanos -grita él- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!"
Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó: "¡ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!"
Némesis, diosa de la venganza -y a veces de la justicia- escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha... Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el propio cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real , ajeno a sí mismo. Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡ Y deseaba poseerse! Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz en su interior le reprochó: "¡insensato!" "¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseerás jamás!."
Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Tiróse los cabellos. Y gritó, blasfemo así: "Decidme selvas, vosotras que habéis sido testigo de tantos idilios apasionados... ¿por qué el amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme ¿visteis nunca un amor obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de mi pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡quienquiera que seáis, aproximaos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuestro temor! Yo desdeñe el amor de todas las ninfas... No tengáis para mí el mismo desdén. Pero ¿si me amáis, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendéis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿Por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi propia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡Desdichado de mí que no puedo separarme de mí mismo! A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar...¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida."
Dicho esto, tornó Narciso a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a traslucir frases entrecortadas... ¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa? "¿por qué me huyes? Espérame, eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante."

Apolo y Dafne







Dafne, cuyo nombre significa "laurel"en griego, es una ninfa amada por Apolo que un día juró no pertenecer jamás a ningún varón.
Un día, Apolo la sorprendió escuchando su canto y se quedó enamorado de tal maravilloso susurro. Dafne al notar su presencia deja de cantar y queda inmóvil por el susto, mientras busca con ojos aterrados un escondite a su alrededor. El Dios Apolo la seduce con mágicas palabras de amor, ella le suplica que se detenga pero él es sordo a su ruego, entonces Dafne echa a correr, pero no tiene a donde huir. Indefensa, pide ayuda a la Tierra y ésta le oye; como salvación comienza a transformarse entre los brazos del Dios. Su suave piel se recubre de una corteza, sus uñas delicadas se alargan en hojas multiplicadas con mágica velocidad. Sus cabellos forman un denso ramaje, el rostro desaparece detrás de la corteza y el cuerpo se transforma en tronco.
Queda fijada con sus raíces hundidas en la tierra, rígida e inmóvil. Apolo abraza tristemente el árbol y entre lágrimas declara que ese árbol será consagrado a su culto. La más famosa de las obras inspirada en este relato mitológico es el grupo escultórico de Bernini, quien con su arte captó toda la angustia de la ninfa fugitiva.








El mito de Dánae
















Según se relata en la Metamorfosis de Ovidio (IV, 611-613), Dánae era hija de Acrisio, rey de Argos y de Eurídice. Este rey supo por un oráculo que su nieto le arrebataría el trono, por lo que decidió encerrar a su única hija en una torre de bronce con el fin de que no llegase a conocer a ningún hombre y por tanto impedir de esta manera llegar a tener una descendencia que con el tiempo pondría en peligro su vida.
Una vez Zeus se percató de la belleza y los encantos de la joven princesa prisionera, decidió poseerla. Para ello se metamorfoseó en lluvia de oro y entró en la torre en donde se encontraba Dánae.
Las razones de su cambio de forma habría que buscarlas tanto en su interés de no despertar las sospechas de su esposa Hera (que desde el engaño y muerte de Sémele, se ha convertido en una diosa celosa que despierta el miedo en las futuras amantes del padre de los dioses, ya que temen seguir su mismo destino), como en el interés de poder burlar la vigilancia de Acrisio.
Tras las relaciones de Zeus con Dánae, ésta queda embarazada y da a luz a Perseo. El rey de Argos, que no se cree la fecundación divina, manda que ambos sean arrojados al mar en un cofre. Finalmente arribarán en la isla de Céfiros donde serán salvados y recogidos por Dictis, hermano del tirano Polidectes. La leyenda latina, a diferencia de la griega, situará el desembarco en la costa del Lacio donde Dánae se casará con Pilumno y fundará la ciudad de Ardea.
Con el tiempo y después de algunas hazañas, Perseo herirá mortalmente, aunque sin quererlo, a Acrisio durante la celebración de unos juegos en el que el héroe lanzaba un disco. Cumpliéndose de esta manera la antigua profecía.

lunes, 28 de enero de 2008

ORFEO Y EURÍDICE


Ovidio, Metamorfosis. Libro X, vv 1-55.



De ahí por el inmenso éter, velado de su atuendo /de azafrán, se aleja, y a las orillas de los cícones Himeneo/tiende, y no en vano por la voz de Orfeo es invocado./Asistió él, ciertamente, pero ni solemnes palabras,/ni alegre rostro, ni feliz aportó su augurio;/la antorcha también, que sostenía, hasta ella era estridente de lacrimoso humo,/y no halló en sus movimientos fuegos ningunos./El resultado, más grave que su auspicio. Pues por las hierbas, mientras/ la nueva novia, cortejada por la multitud de las náyades, deambula,/muere al recibir en el tobillo el diente de una serpiente. /A la cual, a las altísimas auras después que el rodopeio bastante hubo llorado,/el vate, para no dejar de intentar también las sombras,/a la Estige osó descender por la puerta del Ténaro,/y a través de los leves pueblos y de los espectros que cumplieran con el sepulcro,/a Perséfone acude y al que los inamenos reinos posee,/de las sombras el señor, y pulsados al son de sus cantos los nervios,/así dice: “Oh divinidades del mundo puesto bajo el cosmos,/al que volvemos a caer cuanto mortal somos creados,/si me es lícito, y, dejando los rodeos de una falsa boca,/la verdad decir dejáis, no aquí para ver los opacos/Tártaros he descendido, ni para encadenar las triples/gargantas, vellosas de culebras, del monstruo de Medusa./Causa de mi camino es mi esposa, en la cual, pisada,/su veneno derramó una víbora y le arrebató sus crecientes años./Poder soportarlo quise y no negaré que lo he intentado:/me venció Amor. En la altísima orilla el dios este bien conocido es./Si lo es también aquí lo dudo, pero también aquí, aun así, auguro que lo es/y si no es mentida la fama de tu antiguo rapto,/a vosotros también os unió Amor. Por estos lugares yo, llenos de temor,/por el Caos este ingente y los silencios del vasto reino,/os imploro, de Eurídice detened sus apresurados hados./Todas las cosas os somos debidas, y un poco de tiempo demorados,/más tarde o más pronto a la sede nos apresuramos única./Aquí nos encaminamos todos, esta es la casa última y vosotros/los más largos reinados poseéis del género humano./Ella también, cuando sus justos años, madura, haya pasado,/de la potestad vuestra será: por regalo os demando su disfrute./Y si los hados niega la venia por mi esposa, decidido he/que no querré volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos.”/Al que tal decía y sus nervios al son de sus palabras movía,/exangües le lloraban las ánimas; y Tántalo no siguió buscando/la onda rehuida, y atónita quedó la rueda de Ixíon,/ni desgarraron el hígado las aves, y de sus arcas libraron/las Bélides, y en tu roca, Sísifo, tú te sentaste./Entonces por primera vez con sus lágrimas, vencidas por esa canción, fama es/que se humedecieron las mejillas de las Euménides, y tampoco la regia esposa/puede sostener, ni el que gobierna las profundidades, decir que no a esos ruegos,/y a Eurídice llaman: de las sombras recientes estaba ella/en medio, y avanzó con un paso de la herida tardo./A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio héroe,/de que no gire atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado/del Averno, o defraudados sus dones han de ser./Se coge cuesta arriba por los mudos silencios un sendero,/arduo, oscuro, de bruma opaca denso,/y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra./Aquí, que no abandonara ella temiendo y ávido de verla,/giró el amante sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo,/y ella, sus brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo,/nada, sino las que cedían, la infeliz agarró auras./Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo,/de qué quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada,/y su supremo adiós, cual ya apenas con sus oídos él/alcanzara, le dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo./No de otro modo quedó suspendido por la geminada muerte de su esposa Orfeo/que el que temeroso de ellos, el de en medio portando las cadenas,/los tres cuellos vio del perro, al cual no antes le abandonó su espanto/que su naturaleza anterior, al brotarle roca a través de su cuerpo;/y el que hacia sí atrajo el crimen y quiso parecer,/Óleno, que era culpable; y tú, oh confiada en tu figura,/infeliz Letea, las tuyas, corazones unidísimos/en otro tiempo, ahora piedras a las que húmedo sostiene el Ida./Implorante, y en vano otra vez atravesar queriendo,/el barquero le vetó: siete días, aun así él,/sucio en esa ribera, de Ceres sin la ofrenda estuvo sentado./El pesar y el dolor del ánimo y lágrimas sus alimentos fueron./De que eran los dioses del Érebo crueles habiéndose lamentado, hacia el alto/Ródope se recogió y, golpeado de los aquilones, al Hemo./Al año, concluido por los marinos Peces, el tercer/Titán le había dado fin, y rehuía Orfeo de toda/Venus femenina, ya sea porque mal le había parado a él,/o fuera porque su palabra había dado; de muchas, aun así, el ardor/se había apoderado de unirse al vate: muchas se dolían de su rechazo./Él también, para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir/el amor hacia los tiernos varones, y más acá de la juventud/de su edad, la breve primavera cortar y sus primeras flores.

martes, 22 de enero de 2008

AVE FÉNIX, EL QUE RESURGE DE LAS CENIZAS.




El origen del Ave Fénix viene de los desiertos de Libia y Etiopía. Aun así, su nombre proviene del griego «phoinix» que significa rojo. Se le consideró un animal fabuloso, una especie de semidiós según la tradición, el Ave Fénix se consumía por acción del fuego cada 500 años, y un Ave Fénix nueva y joven surgía de sus cenizas.
Los griegos le dieron el nombre de Phoenicoperus, esto es alas rojas, apelativo que se extendió por toda la Europa romana y ha sido posteriormente adoptada para denominar al gran flamenco por todos los científicos del mundo. Para el pueblo griego consistía en un pájaro que, con sus alas perfumadas de deliciosos olores, se dirigía hacia el altar del sacerdote Heliópolis, donde se incendiaba el mismo con el fuego. Al día siguiente de su muerte, aparecía un gusano pequeño en el mismo lugar que se transformaba un día después en un gran pájaro adulto.
Es un ave mitológica fabulosa que vivía en los desiertos de Arabia, su aspecto era parecido al de una garza, del tamaño de un águila, y tenía 2 largas plumas a modo de cresta. Para los egipcios era como el símbolo de la inmortalidad y dios protector de los muertos, debido a que tenia una estrecha relación con el renacimiento, decían que tenia un color rojo y plumas de oro, y en su honor le dedicaron un templo en Heliópolis que fue la ciudad sagrada del Fénix, donde volvía cada 500 años para morir y renacer ya que este es su principal papel, renacer y crearse a sí mismo.
En el reino medio se decía que era el guía del sol, y se le asoció con el planeta Venus, se representaba como una garza, que a veces lleva la corona blanca y dos plumas o la corona Atef o el disco solar. Los cristianos lo adaptaron como símbolo de resurrección.
Según Heródoto un historiador griego, cada 500 años el ave creaba una hoguera de incienso en la que ardía y de la que surgía un gusano que con el calor se transformaba en un nuevo Fénix.


EL FÉNIX, AVE DE LUZ.

Solo hay un ave Fénix, gentil, bella y amable y todas las aves la adoran. Son tantas las aves en el mundo, que si levantaran el vuelo a un mismo tiempo, el cielo se oscurecería. Pero existe solamente un ave Fénix. De ella se afirma que es como el sol por vivir en el cielo llena de esplendor. También se dice que nace del fuego y muere en el fuego, como el sol que aparece con el brillo dorado de la aurora y muere en el rojo atardecer. Pensemos en el ave Fénix, del tamaño de un águila, con su plumaje de púrpura y oro, de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa, más brillante que el arcoiris, a quien las aves, sus congéneres, "llaman el dador de vida".

Se cree que el ave Fénix vive mil años, que renace cuando muere y que su juventud es perenne. Cuando al ave Fénix le llega la hora de su fin, construye un nido de sándalo y otras maderas y hierbas resinosas y perfumadas, en lo alto de una montaña de la lejana Arabia, donde vive. Echado sobre él, abriendo las esplendorosas alas, la luz del sol consume ave y nido, mientras el Fénix canta su más bella canción y todo queda convertido en perfumadas cenizas. Pero entre los restos del incendio aparece un huevo, que el calor del sol se encarga en empollar; y aquí que nuevamente nace le ave Fénix, brillante como la luz del sol y aliemntedo por ella. Cuando ha crecido suficiente, el jóven pájaro recoje las cenizas maternales volando hacia Egipto, las esparce en el templo de Osiris, el dios-sol. Entonces durante mil misteriosos años, el nuevo Fénix cuida el mundo y a sus criaturas, hasta que le llega la hora de morir.

"¡Que admirable es!, cantan los pájaros al amanecer y se elevan hacia el Fénix para embriagarse de su luz". "Pero ¡cuán triste debe estar!, suspira una paloma, al sentirse tan sólo en este mundo."
Blythe, Bestias Fabulosas.

El Ave Fénix

Soy el último en tu camino
la última primavera y última nieve
la última lucha para no morir.

Y henos aquí más abajo y más arriba que nunca.

De todo hay en nuestra hogera
Piñas de pino y sarmientos
Y flores más fuertes que el agua

Hay barro y rocío

La llama bajo nuestro pie, la llama nos corona
A nuestros pies insectos, pájaros, hombres
Van a escaparse.

Los que vuelan van a posarse.

El cielo está claro, la tierra en sombra

Pero el humo sube al cielo
El cielo ha perdido su fuego.
La llama quedó en la tierra.
La llama es el nimbo del corazón

Y todas las ramas de la sangre
Canta nuestro mismo aire.

Disipa la niebla de nuestro invierno
Hórrida y nocturna se encendió la pena
Floreció la ceniza en gozo y hermosura
Volvemos la espalda al ocaso.

Todo es color de aurora.

Paul Eluard (Francia, 1895-1952).


Arde en la hoguera de su propio vuelo.
Bajo el cuerpo de lumbre ella es el Sol.
Su resplandor la atrae y la convierte
en ceniza.


Viaja a su íntima noche, se asimila
al leve polvo errante de los muertos.
Pero entre lo deshecho se rehace.
Toma fuerzas del caos, se teje en luz
Y amanece en la llama indestructible.
Pacheco